Una señora de 75 años, coge una taza y le pide al camarero que la llene de caldo.
Después se sienta en una de las mesas del local. Cuando apenas se ha sentado se da cuenta que se ha olvidado del pan. Se levanta y va a coger un panecillo para comérselo con el caldo, y vuelve a su sitio. ¡Sorpresa! Delante de su taza de caldo se encuentra sentado un magrebí, que está comiendo sin inmutarse. ¡Esto es demasiado!- piensa la señora- ¡pero no me dejaré robar! Y dicho y hecho, parte el panecillo a pedazos y los echa dentro de la taza que tienen en frente el magrebí y ella y pone también la cuchara.
El magrebí complacido, sonríe. Toman una cucharada cada uno hasta acabarse la sopa, todo en absoluto silencio.
Acabada la sopa, el magrebí se levanta, se acerca a la barra y regresa con un gran plato de espaguetis y... dos tenedores. Comen los dos del mismo plato, en silencio. Acaban el plato y se despiden: ¡Hasta pronto!, le dice la señora. "Adiós", le responde el hombre, con una sonrisa en los ojos. Parece satisfecho de haber hecho una buena acción, y se aleja.
La mujer le sigue con la mirada; vencido su estupor busca con la mano el bolso de mano que había dejado colgado en el respaldo de la silla. Pero... ¡Sorpresa! ¡El bolso ha desaparecido!
Cuando ya iba a gritar: ¡LADRÓN, COGED AQUEL LADRÓN!, mira a su alrededor y vé su bolso colgado en una silla, dos mesas más atrás de dónde estaba ella y sobre la mesa un plato con una taza de caldo... ya frío.
Inmediatamente, se da cuenta de lo que ha pasado: No ha sido el magrebí el que se había comido su sopa, ha sido ella quien, equivocándose de mesa, había comido merced al magrebí, como una gran señora.

* Autor: Batista Cerruti. (Historia real, vivida en Suiza, en un restaurante autoservicio).